¿Cuándo acaba un viaje? En marzo de 1995 viajamos a Cuzco desde Barcelona mi hermana y yo. El motivo del viaje: ver de cerca la realidad del Tercer Mundo y hacerlo a través de la mirada de unos misioneros, colaborando durante dos meses con ellos. Un viaje de ida y vuelta. Sin embargo, el impacto que nos produce las condiciones de vida de la población con la que trabajan , el conocer a personas que han cambiado su vida para dedicarse a ayudar a los más necesitados y descubrir la dimensión espiritual que dan a esta labor, nos empujan a prolongar nuestra colaboración por dos años más.

 

Mientras, nos vamos dando cuenta de una evidencia, la cantidad de niños en estado de desprotección familiar que hay en el Cuzco y la falta de plazas en los hogares existentes para cubrir esta necesidad, y va surgiendo la idea de crear un Hogar Transitorio. Quiere albergar a los niños que se ven obligados, cuando no hay cupo en los hogares, a permanecer hacinados en la Comisaría de Familia.
En agosto de 1997 nos decidimos a prolongar nuestra estancia y poner en marcha el Hogar Transitorio Amantaní en un piso alquilado de 75 m en el centro de la ciudad, con el apoyo de las ayudas de familiares y amigos con los que desde los inicios hemos ido compartiendo la realidad que hemos vivido en Cuzco. A los cuatro meses surge la necesidad de conseguir un espacio mayor por la demanda de ingresos, y nos podemos trasladar a una casa familiar independiente a quince minutos del centro de la ciudad. Los niños nos llegan al Hogar a través del Juzgado de Familia del Cuzco y de la Fiscalía.
Algunos llegan desde otras provincias. También a través de la Policía directamente , que nos trae a bebés y niños que encuentran por la noche o los fines de semana, cuando el Juzgado y los otros Hogares están cerrados. La capacidad del Hogar va lográndose ampliar en relación a las peticiones de ingreso. Intentamos que tenga las características de una familia, en el sentido de que los niños reciban un trato afectivo particular y personalizado, en un ámbito de compresión y seguridad, velando por su desarrollo integral. Niños y niñas de diferentes edades, lo que permite no separar grupos de hermanos, que se preocupen unos de otros. Vivimos con ellos. Amantaní nace como una casa de acogida de urgencia y a los niños se les intenta ubicar algún pariente, se colabora con la Dirección General de Adopciones para que les encuentre una familia y si no son trasladados a otro hogar permanente.
Los que han podido volver con sus familiares tienen las puertas abiertas para lo que puedan necesitar, procurando evitar los problemas que habían dado lugar a esa situación. A los seis años decidimos que Amantaní deje de ser transitorio para los niños que son trasladados a otro Hogar por necesitar quedarse a largo plazo, y evitar romper el vínculo que se ha creado y que Amantaní sea un fragmento más de sus vidas ya fragmentadas teniendo que rehacer su vida. Para ellos, que podrán quedarse hasta los 18 años si es necesario y que precisan de un plan de vida específico y más personalizado, Amantaní abre progresivamente tres casas familiares, un modelo de acogida inspirado en las últimas tendencias. Son viviendas de dimensiones familiares, inmersas en su barrio, donde viven unos 10 menores de ambos sexos, atendidos por una tutora, en una convivencia análoga a la de una familia natural para lograr dar un trato individualizado y disminuir el carácter institucional y crear relaciones más significativas. Mientras, siempre sigue buscándose su reinserción familiar. Hasta el momento han pasado por Amantaní mil cien niños.
En la pared están colgadas las fotos de los que nos han acompañado durante más tiempo. Los niños se interesan por conocer al resto de los niños que han pasado por el Hogar, por los que siguen visitándonos, y por los que ya están lejos pero cuyo recuerdo nos acompaña. Saben que aquí están de paso, pero siempre tendrán las puertas abiertas. Al llegar al Hogar tienen ganas de adaptarse y saben disfrutar de las cosas buenas, como el compartir su vida con otros niños. Mientras permanecen están tranquilos y hasta contentos, pese a todos los problemas y carencias que han ido acarreando en su breve vida.
Y cuando llega la hora de irse, también lo hacen satisfechos. Una inocencia a prueba de balas les asegura que las cosas les van a ir cada vez mejor. Y en eso estamos, en intentar ayudarles a encontrar su lugar en el mundo, acompañándoles en esa espera y felices de poder hacerlo, porque conocerles es quererles. Una de las cosas más bellas que hemos vivido durante estos años es la experiencia de haber encontrado en el camino a personas que, como nosotras, se han contagiado de las ganas de ayudar y poder hacerlo juntos. Y el viaje continúa. ¿Hasta cuándo? Hasta que Dios quiera.